¡Jóvenes, abran sus mochilas!, una y otra vez. Saquen su carné ¿pero acabo de salir?, no importa, saca tu carné. A propósito de la vida cotidiana, ¿les suena familiar?. Pienso que sí, pero ¿tiene algún sentido escribir sobre algo tan evidente, tan palpable y tan aceptado con cierta desidia y resignación?. Personalmente, considero que si tiene sentido, pues, porqué habría que aceptar semejante fastidio, si nuestro caso institucional no responde a una regla si no más bien a una excepción, y que obedece a un criterio que no tiene ni pies ni cabeza.
La justificación de las molestas medidas de seguridad en el local central de la Villarreal responden al resguardo efectivo del patrimonio material de la universidad, desde el año 2006, pero lejos de evitar perdidas y robos (por que no han cesado los robos en la institución desde ese año) se podrían estar generando prejuicios de género y conductas acomplejadas, que resultarían nada saludables para la identidad estudiantil villarrealina.
Por ejemplo, no hay que ser muy observador para darse cuenta, que únicamente los varones son sometidos a la revisión de sus mochilas o maletas, de hecho, son solo los “varones estudiantes”, porque se asume que los docentes, el personal administrativo y las mujeres (estudiantes o no) serían incapaces de llevarse algo de la universidad, por lo cual se concluye que los estudiantes varones son potenciales ladrones de la institución, sujetos a los que hay que someter a observancia, por su lamentable inclinación al hurto, empujados quizá por su condición socio-económica, a llevarse la tapa del water, unas válvulas o quizá alguna carpeta (porque aunque usted no lo crea se han desaparecido carpetas de la institución). Debemos imaginar que este prejuicio es el que ronda por la cabeza de los administradores y vigilantes del local central. Sin embargo, la práctica de revisión de mochilas se vuelve ridícula, cuando los vigilantes, te hacen abrir la mochila por las puras, porque ni la miran; o cuando solo la palpan para sentir no sé que. Lo que nos da entender que a los propios vigilantes les aburre estar mirando todas las mochilas.
Ahora bien, no es mi intención crear malos entendidos, pues no abogo por la igualdad de género en la presunción de los actos delictivos, ni mucho menos por el cumplimiento efectivo de la revisión de las mochilas y maletas. Si no mas bien, por una introducción sarcástica que da cuenta de lo absurdo que resulta esa medida de seguridad, por no abordar adecuadamente el problema de fondo.
Más ridícula aún resulta la seguridad en el local de la colonial, donde la revisión es cuando entras y cuando sales, y ahí si hay igualdad entre varones y mujeres estudiantes que son revisados con un poco más de paciencia. O también en el centro cultural de la universidad, donde no es suficiente tener carné universitario para ingresar, sino que se debe tener la ficha de estar matriculado en uno de los cursos que se ofrecen. En el caso que solo quieras conocer u observar, comienza el interrogatorio: ¿a dónde te diriges?, ¿a quién buscas?, ¿cuánto tiempo vas a demorar? Y a la salida la clásica revisión de mochilas.
Pues bien, si nuestro universo fuera únicamente la Universidad Federico Villarreal, quizá cabría cierta compresión, pues se entendería que se trata de patrimonio del Estado y que hay la disposición de resguardarlo con lo que sea necesario. Pero en la comparación se encuentran las diferencias.
En la Universidad San Marcos, nadie te revisa nada al momento de ingresar o de salir, lógicamente piden carné para entrar, y ni que decir de su centro cultural, en el que la libertad de tránsito es gratuita, de hecho en casi todos los centros culturales lo es, sean públicos o privados. Contaré una anécdota de una experiencia que tuve con mi pareja en el centro cultural de la PUCP, durante una exposición de arte, que de hecho fue muy buena, incluso se podían manipular algunas muestras para su mejor apreciación. Pero note algunas cosas, no habían vigilantes, sino recepcionistas, que no te decían nada a menos que uno les pregunte algo, y cuando me dispuse a retirarme, asumiendo que me solicitarían mi mochila, me predispuse a mostrarla, pero fue en vano porque nadie me la pidió, lejos de eso me entregaron volantes de invitación para ver obras de teatro.
Entonces seamos francos, ¿es posible imaginar que una universidad como la San Marcos que tiene una implementación cualitativamente similar a la nuestra y con un patrimonio histórico de 450 años, se tome la ligereza de dejar salir así por así a sus estudiantes y visitantes?. Ni que decir de otros centros culturales privados como el de la Universidad Católica, cuyos implementos son de lejos de mucho mayor valor económico, que los nuestros. Acaso pecan de ingenuos, de excesiva confianza. La respuesta es No, y la diferencia esta en un criterio de seguridad diferente al nuestro, que evidentemente es más efectivo, y no afecta la dignidad del estudiante, el primero basándose en un criterio de enrejado no solo de las aulas y las facultades, sino también desde los objetos electrónicos hasta los servicios higiénicos que puedan existir dentro, y el segundo en un sistema de cámaras para la vigilancia.
¿Pero, acaso carece de rejas la universidad?. Para nada. Todos los espacios que poseen objetos de valor cuentan con puerta de madera y de reja. Pero aún así, se siguen desapareciendo las cosas, en el año 2005 corrió un sonado rumor de la desaparición de 06 discos duros, y ese mismo año después de la rehabilitación de los baños del “Pabellón A”, desaparecieron las tapas de los tanques de agua del baño, para el año 2006 la mayoría de válvulas también habían sido extraídas, de los servicios higiénicos de varones y mujeres. Lo que imagino, llevó a pensar, que serían los propios estudiantes quienes se llevarían estos objetos, instaurándose la exigencia de revisión de mochilas y maletas.
Un prejuicio que resulta no solamente ocioso sino hasta sospechoso, si se me permite el beneficio de la duda, claro está. Lo concreto es que 36 tapas de tanques de agua, de 50 cm. de largo, desaparecieron en el lapso de 2 años, y muchas de sus válvulas también. Lo curioso es que estas fueron extraídas, incluso cuando ya se exigía la revisión de mochilas y maletas.
No me queda la menor duda entonces, de que esta fastidiosa revisión de mochilas, no sirve para nada, lejos de tener alguna efectividad, termina por desviar la atención y encubrir a los verdaderos culpables de esos robos, que al parecer gozarían de la vista gorda de algunos responsables de la seguridad del local, que no realizan una investigación seria, ni mucho menos toman medidas preventivas para que eso no suceda. Sospechar maliciosamente del estudiante es fácil, pero con esa misma ligereza nosotros también podemos pensar lo contrario.
La justificación de las molestas medidas de seguridad en el local central de la Villarreal responden al resguardo efectivo del patrimonio material de la universidad, desde el año 2006, pero lejos de evitar perdidas y robos (por que no han cesado los robos en la institución desde ese año) se podrían estar generando prejuicios de género y conductas acomplejadas, que resultarían nada saludables para la identidad estudiantil villarrealina.
Por ejemplo, no hay que ser muy observador para darse cuenta, que únicamente los varones son sometidos a la revisión de sus mochilas o maletas, de hecho, son solo los “varones estudiantes”, porque se asume que los docentes, el personal administrativo y las mujeres (estudiantes o no) serían incapaces de llevarse algo de la universidad, por lo cual se concluye que los estudiantes varones son potenciales ladrones de la institución, sujetos a los que hay que someter a observancia, por su lamentable inclinación al hurto, empujados quizá por su condición socio-económica, a llevarse la tapa del water, unas válvulas o quizá alguna carpeta (porque aunque usted no lo crea se han desaparecido carpetas de la institución). Debemos imaginar que este prejuicio es el que ronda por la cabeza de los administradores y vigilantes del local central. Sin embargo, la práctica de revisión de mochilas se vuelve ridícula, cuando los vigilantes, te hacen abrir la mochila por las puras, porque ni la miran; o cuando solo la palpan para sentir no sé que. Lo que nos da entender que a los propios vigilantes les aburre estar mirando todas las mochilas.
Ahora bien, no es mi intención crear malos entendidos, pues no abogo por la igualdad de género en la presunción de los actos delictivos, ni mucho menos por el cumplimiento efectivo de la revisión de las mochilas y maletas. Si no mas bien, por una introducción sarcástica que da cuenta de lo absurdo que resulta esa medida de seguridad, por no abordar adecuadamente el problema de fondo.
Más ridícula aún resulta la seguridad en el local de la colonial, donde la revisión es cuando entras y cuando sales, y ahí si hay igualdad entre varones y mujeres estudiantes que son revisados con un poco más de paciencia. O también en el centro cultural de la universidad, donde no es suficiente tener carné universitario para ingresar, sino que se debe tener la ficha de estar matriculado en uno de los cursos que se ofrecen. En el caso que solo quieras conocer u observar, comienza el interrogatorio: ¿a dónde te diriges?, ¿a quién buscas?, ¿cuánto tiempo vas a demorar? Y a la salida la clásica revisión de mochilas.
Pues bien, si nuestro universo fuera únicamente la Universidad Federico Villarreal, quizá cabría cierta compresión, pues se entendería que se trata de patrimonio del Estado y que hay la disposición de resguardarlo con lo que sea necesario. Pero en la comparación se encuentran las diferencias.
En la Universidad San Marcos, nadie te revisa nada al momento de ingresar o de salir, lógicamente piden carné para entrar, y ni que decir de su centro cultural, en el que la libertad de tránsito es gratuita, de hecho en casi todos los centros culturales lo es, sean públicos o privados. Contaré una anécdota de una experiencia que tuve con mi pareja en el centro cultural de la PUCP, durante una exposición de arte, que de hecho fue muy buena, incluso se podían manipular algunas muestras para su mejor apreciación. Pero note algunas cosas, no habían vigilantes, sino recepcionistas, que no te decían nada a menos que uno les pregunte algo, y cuando me dispuse a retirarme, asumiendo que me solicitarían mi mochila, me predispuse a mostrarla, pero fue en vano porque nadie me la pidió, lejos de eso me entregaron volantes de invitación para ver obras de teatro.
Entonces seamos francos, ¿es posible imaginar que una universidad como la San Marcos que tiene una implementación cualitativamente similar a la nuestra y con un patrimonio histórico de 450 años, se tome la ligereza de dejar salir así por así a sus estudiantes y visitantes?. Ni que decir de otros centros culturales privados como el de la Universidad Católica, cuyos implementos son de lejos de mucho mayor valor económico, que los nuestros. Acaso pecan de ingenuos, de excesiva confianza. La respuesta es No, y la diferencia esta en un criterio de seguridad diferente al nuestro, que evidentemente es más efectivo, y no afecta la dignidad del estudiante, el primero basándose en un criterio de enrejado no solo de las aulas y las facultades, sino también desde los objetos electrónicos hasta los servicios higiénicos que puedan existir dentro, y el segundo en un sistema de cámaras para la vigilancia.
¿Pero, acaso carece de rejas la universidad?. Para nada. Todos los espacios que poseen objetos de valor cuentan con puerta de madera y de reja. Pero aún así, se siguen desapareciendo las cosas, en el año 2005 corrió un sonado rumor de la desaparición de 06 discos duros, y ese mismo año después de la rehabilitación de los baños del “Pabellón A”, desaparecieron las tapas de los tanques de agua del baño, para el año 2006 la mayoría de válvulas también habían sido extraídas, de los servicios higiénicos de varones y mujeres. Lo que imagino, llevó a pensar, que serían los propios estudiantes quienes se llevarían estos objetos, instaurándose la exigencia de revisión de mochilas y maletas.
Un prejuicio que resulta no solamente ocioso sino hasta sospechoso, si se me permite el beneficio de la duda, claro está. Lo concreto es que 36 tapas de tanques de agua, de 50 cm. de largo, desaparecieron en el lapso de 2 años, y muchas de sus válvulas también. Lo curioso es que estas fueron extraídas, incluso cuando ya se exigía la revisión de mochilas y maletas.
No me queda la menor duda entonces, de que esta fastidiosa revisión de mochilas, no sirve para nada, lejos de tener alguna efectividad, termina por desviar la atención y encubrir a los verdaderos culpables de esos robos, que al parecer gozarían de la vista gorda de algunos responsables de la seguridad del local, que no realizan una investigación seria, ni mucho menos toman medidas preventivas para que eso no suceda. Sospechar maliciosamente del estudiante es fácil, pero con esa misma ligereza nosotros también podemos pensar lo contrario.



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