Navegando encontré un artículo algo crudo pero muy cierto, la media tanto nos ha inundado con reportajes de crímenes horrendos que ya nada nos conmueve y algunos llegan a escuchar noticias como estas como quien escucha el reporte del tráfico, sin novedad.
"En Satipo una niña de siete meses fue violada por su padre. La noticia es tan espeluznante que solo evocarla me produce una profunda pena por la bebé y una rabia inmensa contra el desalmado agresor. Sin embargo, si me preguntan qué es lo que más me ha impresionado de este espantoso crimen, debo decir que ha sido el comportamiento de todos nosotros. Y por todos me refiero a periodistas, ciudadanos, maestros, padres, médicos, fiscales, autoridades, vecinos, TODOS. La sociedad entera.
Me explico: desde que la noticia se apoderó de los titulares hemos asistido a un despliegue casi morboso de detalles sobre cómo fue agredida la niña, sobre su condición física, o las secuelas que esto le dejará a futuro. He visto, en noticieros, inescrupulosas reconstrucciones del crimen para los que se utilizaron muñecas y demás objetos. He escuchado a médicos y fiscales explicar qué tipo de operaciones le han hecho a la pequeña. Conozco, además, gracias a esta gran cobertura mediática, los nombres y apellidos del padre y de la madre, con lo que la identidad de la pequeña no ha sido ni remotamente protegida.
Muchos pensarán que esto es culpa de la prensa inescrupulosa. Que nos encanta el morbo. Y sí. Algo de eso hay. Pero ojalá esa fuera la única causa por la que nuestra sociedad continúa ultrajando a esa niña cada vez que viola su intimidad. La verdadera razón por la que eso ocurre es por que los niños NO nos importan. Seamos sinceros: los candidatos se esmeran por ofrecerles mejores programas de educación y nutrición. Los usamos para poner sus caritas en spots que vendan la idea de un país mejor, pero vivimos acostumbrados a subirles las lunas de los autos para no darles limosnas, nos sentamos a verlos declarar ante cámaras (eso sí, con la carita pixeleada) quién les metió qué y por dónde, y nos parece natural que den de volantines en los semáforos, con sus cabecitas contra el cemento, hasta pasadas las diez de la noche.
Estamos tan habituados a verlos en situaciones cotidianas de maltrato, que ya nada nos conmueve. Por eso no protestamos, ni levantamos siquiera una ceja cuando casos como los de la niña de Satipo se exponen públicamente, sin un mínimo de sensibilidad y respeto. De acuerdo con cifras del Ministerio de la Mujer 3,257 menores fueron violados el año pasado y solo 651 personas fueron detenidas por este delito. El resto de violadores seguro que pasea feliz por la calle, molestando a más pequeños, sin que exijamos más efectividad, o pidamos políticas claras contra el abuso sexual infantil.
Eso sí, nadie nos gana a la hora de gritar “pena de muerte”, mientras seguimos ignorando a ese mocoso de las esquina que todas las noches pide limosna y que sabe Dios cuántas veces habrá recibido monedas a cambio de un asqueroso manoseo".
Autor: Patricia del Río
"En Satipo una niña de siete meses fue violada por su padre. La noticia es tan espeluznante que solo evocarla me produce una profunda pena por la bebé y una rabia inmensa contra el desalmado agresor. Sin embargo, si me preguntan qué es lo que más me ha impresionado de este espantoso crimen, debo decir que ha sido el comportamiento de todos nosotros. Y por todos me refiero a periodistas, ciudadanos, maestros, padres, médicos, fiscales, autoridades, vecinos, TODOS. La sociedad entera.
Me explico: desde que la noticia se apoderó de los titulares hemos asistido a un despliegue casi morboso de detalles sobre cómo fue agredida la niña, sobre su condición física, o las secuelas que esto le dejará a futuro. He visto, en noticieros, inescrupulosas reconstrucciones del crimen para los que se utilizaron muñecas y demás objetos. He escuchado a médicos y fiscales explicar qué tipo de operaciones le han hecho a la pequeña. Conozco, además, gracias a esta gran cobertura mediática, los nombres y apellidos del padre y de la madre, con lo que la identidad de la pequeña no ha sido ni remotamente protegida.
Muchos pensarán que esto es culpa de la prensa inescrupulosa. Que nos encanta el morbo. Y sí. Algo de eso hay. Pero ojalá esa fuera la única causa por la que nuestra sociedad continúa ultrajando a esa niña cada vez que viola su intimidad. La verdadera razón por la que eso ocurre es por que los niños NO nos importan. Seamos sinceros: los candidatos se esmeran por ofrecerles mejores programas de educación y nutrición. Los usamos para poner sus caritas en spots que vendan la idea de un país mejor, pero vivimos acostumbrados a subirles las lunas de los autos para no darles limosnas, nos sentamos a verlos declarar ante cámaras (eso sí, con la carita pixeleada) quién les metió qué y por dónde, y nos parece natural que den de volantines en los semáforos, con sus cabecitas contra el cemento, hasta pasadas las diez de la noche.
Estamos tan habituados a verlos en situaciones cotidianas de maltrato, que ya nada nos conmueve. Por eso no protestamos, ni levantamos siquiera una ceja cuando casos como los de la niña de Satipo se exponen públicamente, sin un mínimo de sensibilidad y respeto. De acuerdo con cifras del Ministerio de la Mujer 3,257 menores fueron violados el año pasado y solo 651 personas fueron detenidas por este delito. El resto de violadores seguro que pasea feliz por la calle, molestando a más pequeños, sin que exijamos más efectividad, o pidamos políticas claras contra el abuso sexual infantil.
Eso sí, nadie nos gana a la hora de gritar “pena de muerte”, mientras seguimos ignorando a ese mocoso de las esquina que todas las noches pide limosna y que sabe Dios cuántas veces habrá recibido monedas a cambio de un asqueroso manoseo".
Autor: Patricia del Río
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